lunes, 19 de diciembre de 2011

La cerilla que enciende la mecha

La gente oye hablar de la felicidad, el amor y la amistad como momentos y sensaciones indescriptibles.
Pero, ¿Acaso podemos medir la pasión que nos puede transmitir un beso o la tristeza que pudiera producir la pérdida de uno de los nuestros?
Nos pasamos la vida buscando el consuelo; la satisfacción de saber que alguien, por insignificante y ridículo que sea, comprende nuestra situación.
Quien no la encuentra acude a las adicciones, creyendo que así no sufrirá y no sentirá ese vacío. Sin embargo, algo tan sistemático como fumar, beber o comer no reemplazará al dolor.
¿Qué buscamos entonces?
Tal vez sea un abrazo, una caricia, un “te necesito”. Sinceramente, creo que buscamos dinamita, aunque no siempre lo queramos reconocer. ¿Y porqué? Es simple, con ella los puñales del corazón se desencajan. Al principio duele mucho sacarlos, uno por uno, poco a poco. Pero lo que más cueste sin duda, es darse cuenta de que están ahí clavándose cada vez más a dentro, desmembrando nuestro pecho. Una vez sabido esto, hay que actuar, es decir, encender la mecha. ¿Con qué? Un mechero valdrá. Es tan sencillo como hacer girar la ruleta y estar preparado para que salga la llama, con cuidado de no quemarnos.
¿Qué mano inocente nos sacará entonces los puñales?
En mucho casos; puede que nadie, debido a que no nos hayamos acercado a las personas adecuadas. En otros tantos, un amigo, un familiar. Alguien de toda confianza, indiferente a los pensamientos ajenos. Tal vez ese alguien nos enseñé a encender la llama.
Estoy segura que todos nosotros tenemos una fábrica de dinamita. Tan sólo nos falta encender la mecha.